Cada mango importa Nivel 60
Palabras de Práctica
Reglas ortográficas de b vs v: criterios para elegir b o v al escribir.
La abuela siempre dice lo mismo: —Cada mango importa. El perro se sienta bajo el árbol y olfatea el aire. Dos pájaros observan la fruta desde arriba, muy quietos. —¡Esos mangos son nuestros! —les digo.
El día de recoger mangos es mi favorito. Cargo un costal gordo sobre la cabeza y camino despacio. Mi amiga Lluvia sostiene un mango como a un bebé. Adela, el niño de la gorra amarilla, corre delante, veloz. —¡Yo recojo más! —grita. El perro trota feliz a mi lado.
Yo subo al árbol despacio y recojo mango por mango. Adela sube veloz y agarra dos, luego tres. Un mango se le cae entre las hojas. La abuela lo atrapa en la canasta, abajo. —¡No sueltes ese mango! —dice. Lluvia ríe. El perro trota alrededor del tronco.
La abuela corta los mangos y comemos alrededor de una bandeja de madera. ¡Qué bueno está todo! El jugo baja por la barbilla de Adela. —Tú pareces un mango —le digo. Yo chupo la cáscara y la semilla. —Así se hace —dice la abuela—. Ni un pedazo se desperdicia.
Después llegan más amigos y el patio se llena de ruido. Un niño en silla de ruedas llega y saluda. —¡Yo atrapo mangos! —grita. —Bienvenido —dice la abuela y sonríe—. Más manos, más mangos que se pueden… —¡Soltar! —gritamos todos. El perro ladra una vez.
Tengo un plan. Ato una cuerda a una canasta, la lleno de mangos y la bajo del árbol despacio. El niño de la silla estira los brazos y recibe la canasta. ¡Ni un golpe! —¡La tengo! —grita. Abajo, Adela y Lluvia clasifican mangos sobre una manta. —Este tiene un machucón —dice Adela. —Es de tu pulgar —dice Lluvia.
Papá guarda los mejores mangos en la camioneta y maneja hasta el puesto de venta. Extendemos la manta bajo un toldo de rayas y apilamos los mangos en una montaña bella y dorada. Un cliente toma uno, lo huele y lo observa. —Sin machucones —le digo—. Ni uno solo se cae. El cliente sonríe. —Me llevo diez.
Cargamos el resto de los mangos en una barca de madera y navegamos por el canal. ¡Hoy vendemos sobre el agua! Pasan lanchas llenas de melones y de flores. Adela se para a saludar y la barca se balancea. Lluvia agarra los mangos. Yo agarro a Adela. —¡No sueltes ese mango! —grita un vendedor y ríe.
El trabajo termina. Cada mango está recogido y vendido. Ni uno se cae. Bueno, ni uno que la abuela vea. Subimos al árbol una última vez, solo para descansar. Lluvia cierra los ojos sobre una rama ancha. Adela por fin está quieto. El perro está feliz, con la lengua fuera. —El próximo año —susurro— apuesto a que recogemos todavía más. El perro abre un ojo, mueve la cola y sonríe. Él ya sabe ese cuento.