¿La caseta más aburrida del mundo? Nivel 76
Palabras de Práctica
Sujeto y predicado: identificar las dos partes principales de la oración.
Nilo está parado afuera de su caseta. La caseta tiene una puerta. Tiene una ventana. Tiene una cama adentro. Pero se ve muy aburrida. —¿Cómo arreglo este lugar? —pregunta Nilo—. Le hacen falta flores. O cuadros. O algo. A su lado flota El Libro, su amigo. Es un libro que camina, habla y escribe con una pluma. El Libro cierra sus páginas de golpe y las abre otra vez.
El Libro no contesta. El Libro nunca contesta de inmediato. Le gusta ser misterioso. Nilo agarra su pala de hierro y camina por el prado, entre flores silvestres rojas, blancas y moradas. El aire tibio le lleva un aroma dulce a la nariz. —¡Así que sí hay que cavar! —dice Nilo, feliz con su pala—. Me encanta cavar.
¿Arena azul? ¿En una playa? Nilo piensa que a El Libro le faltan páginas. Pero ahí está. Justo en medio de la playa hay una mancha enorme de azul brillante. Nilo baja la pala con fuerza, y la pala se hunde muy fácil. —Esto no es arena —dice Nilo—. ¡Es blandito!
Casi de inmediato, unas bolitas azules brotan de la arcilla. Son redondas y lisas, como arándanos hechos de lodo. Nilo cae de rodillas y las recoge a montones. Las mete en cada bolsillo que tiene. Su overol se llena. Hasta los calcetines se le llenan. —Recoge todas las que puedas —dice El Libro—. Confía en mí.
De vuelta en la caseta, Nilo hace girar una bolita azul entre los dedos. Es suave. Blandita. Se le pega al pulgar. —Qué asco. ¿Y qué hago con bolitas de lodo pegajosas? —Mete una en el horno —dice El Libro.
El Libro se abre de golpe sobre el camino de piedra. Muestra el dibujo de una maceta redonda llena de flores. —Tienes que hacer una de estas —dice El Libro—. Una maceta. Usa los ladrillos. Nilo se agacha y estudia el dibujo. Maceta. Flores. Flores en una maceta, afuera de su caseta. Su caseta, hermosa.
Nilo levanta la pequeña maceta café que acaba de hacer. La mira radiante, como un papá orgulloso. Luego mira la caseta. Adentro solo hay una habitación diminuta, ya llena con la cama. —Ahí no hay espacio para macetas —dice Nilo. —Solo ponlas afuera de la puerta —dice El Libro desde adentro.
Por suerte, la caseta de Nilo está justo en medio de un campo de flores. Rosas rojas, dientes de león amarillos y margaritas blancas crecen por todos lados. —¡Esto es perfecto! —dice Nilo—. Solo corto unas pocas de cada color y… Un zumbido grave flota en el aire.
El zumbido se hace más fuerte. Mucho más fuerte. Un enjambre de abejas muy enojadas sale de las flores como una nube de tormenta peluda y rayada. Quieren esas flores. ¡Y las quieren de vuelta! —¡Gran error! —grita Nilo, y corre. Sus brazos vuelan. Sus piernas vuelan. Las abejas van justo detrás, más cerca con cada zumbido. —Bueno —dice El Libro desde muy atrás—, ¡al menos estás haciendo ejercicio!
Nilo entra a la caseta y cierra la puerta. ¡Pum! El zumbido de afuera se apaga. Por la ventana, una sola abeja está sentada en el pasto, mirándolo. Solo… mirándolo. —La próxima vez —jadea Nilo— corto las flores lejos de las abejas. Hacerlo justo enfrente de ellas… no fue mi mejor idea.
Esta vez Nilo es astuto. Camina de puntitas hasta el otro extremo del campo, donde no zumba ninguna abeja. Corta flores rojas. Flores amarillas. Orquídeas azules. Margaritas blancas. Y unas moradas cuyo nombre ni siquiera conoce. Las acomoda en las macetas como pequeñas explosiones de color. —De verdad alegran el lugar —dice Nilo, con las manos en la cintura—. ¿Tienes alguna favorita? —Las orquídeas azules —responde El Libro—. Sin duda, las orquídeas azules.
Nilo alinea cada maceta a lo largo de su caseta. Flores rojas, amarillas, azules y anaranjadas se desbordan por los bordes. La caseta ya no se ve aburrida. Se ve feliz. —Son tan bonitas —dice Nilo—. Pero qué lástima que se queden afuera. Adentro no hay espacio para nada. —Pues entonces —dice El Libro—, tal vez es hora de que construyas algo más grande. Nilo sonríe. Una casa de verdad, con espacio para flores y muebles y amigos. —¿Empieza con un viaje a la playa? —pregunta. —Empieza —responde El Libro— con un viaje a la playa.