¡Los mejores pasteles del mundo! Nivel 83
Tomás es panadero. Hace los mejores pasteles de calabaza del mundo entero. Bueno, eso dice Tomás. Todos los días lo dice. Cada mañana hornea pan y pasteles en su pequeña panadería de Canville. El pan sale tan caliente que empaña las ventanas. Los vecinos vienen desde lejos solo para oler ese aroma dulce. Y Tomás se para en la puerta con una sonrisa enorme. ¿Por qué? Porque tiene todo lo que desea.
Canville tiene un sistema. Lila saca el hierro de la mina. El Mago usa calabazas y hierro para construir gólems, unos guardianes grandes y ruidosos que cuidan la aldea toda la noche. Los gólems protegen a la gente de los reptones y otras criaturas horribles. El sistema funciona a la perfección. Hasta una mañana. Tomás, Lila y El Mago salen y encuentran todos los gólems rotos, hechos pedazos en el suelo.
El Mago construye gólems nuevos enseguida. Pero Tomás no se calma. Camina de un lado a otro. Esa noche habla con el Dr. Sí Puede, el doctor de la aldea. Tomás mira hacia la oscuridad. —Tenemos antorchas por toda la aldea. Entonces, ¿cómo entran los reptones? —Aparecen en los lugares oscuros, lejos de las antorchas —responde el Dr. Sí Puede—. Pero no te preocupes. Los gólems nos cuidan.
Más tarde, Tomás está acostado en su cama. Mira el techo con los ojos bien abiertos. Los reptones son sigilosos. No gruñen. Los zombis hacen ruido al caminar. Los reptones, no. Solo se acercan. Y se acercan más. Y después... ¡bum! Tomás se tapa con la cobija hasta la barbilla. —Mi panadería no —susurra—. Por favor, mi panadería no.
¡Buuum! La explosión sacude todas las ventanas de Canville. Tomás salta de la cama, corre por el camino y frena en seco. Su panadería. Su hermosa panadería con olor a pastel de calabaza ahora es una pared de llamas. El fuego ilumina el cielo de la noche. El Dr. Sí Puede y los demás llegan corriendo, pero Tomás ya está gritando: —¡Se acabó! ¡Me llevo mis pasteles y busco un lugar más seguro donde vivir!
Lila pone la mano en el hombro de Tomás. —No te vayas. Te necesitamos. Bueno, necesitamos tus pasteles. Bueno... las dos cosas. Tomás mira el montón de ceniza. Es todo lo que queda de su horno. El Dr. Sí Puede se acaricia el bigote, pensativo.
Empiezan al día siguiente. Cada aldeano carga piedras. El Dr. Sí Puede dibuja los planos. El Mago usa magia para levantar los bloques más pesados y ponerlos en su lugar. El muro crece y crece. Rodea todo Canville con piedra gruesa y resistente. El Dr. Sí Puede y El Mago dan un paso atrás y admiran su obra. —A ver si un reptón atraviesa eso —dice El Mago, y da un golpe en el suelo con su bastón—. ¡Perfecto!
La nueva panadería de Tomás es todavía mejor que la anterior. Hornos más grandes. Más espacio en los mostradores. Y Lila siembra flores de colores alrededor de la entrada. —Una panadería debe oler a dos cosas maravillosas al mismo tiempo, ¿verdad? —dice Lila—. ¡La gente va a venir desde todas las aldeas a comer aquí! Tomás saca del horno un pastel de calabaza dorado y perfecto. Sonríe de oreja a oreja.