¡Mis aldeanos desobedecieron! Nivel 69
Palabras de Práctica
Prefijos: re-, des-, in-/im-, pre- — uso de prefijos para modificar verbos y adjetivos.
Mis dos aldeanos siempre se alejan de la casa. Siempre. —Quédense cerca —les digo—. No se acerquen a la cueva. ¿Me hacen caso? Para nada. Es inútil avisarles. La corriente del río los arrastra hasta el fondo, y ahora están atrapados en una cuevita de piedra, con el agua hasta las rodillas. Uno estira los brazos hacia arriba y pide ayuda. Pero la cueva es demasiado estrecha, el agua demasiado fuerte, y mis aldeanos demasiado… bueno, demasiado aldeanos.
Entonces algo se mueve en la oscuridad. Un zombi salta desde las sombras y agarra al aldeano más cercano. Un arañazo. Un mordisco. Así, sin más. El segundo aldeano retrocede a tropezones, pero ya es demasiado tarde. Unas manchas verdes se extienden por su piel como pintura. Otro zombi observa desde el fondo de la cueva y gruñe. ¿Y mis dos aldeanos? Sus ojos se quedan vacíos. Su piel se vuelve verde. Mis aldeanos desaparecen, y en su lugar quedan dos aldeanos zombis.
Uno de los zombis se arrastra hacia la entrada de la cueva. Da un paso hacia la luz del sol y… ¡fuush! Unas llamas naranjas y brillantes se lo tragan por completo. Mis aldeanos zombis no se mueven. Se quedan en lo más hondo de las sombras, mirando el fuego con sus ojos blancos y vacíos. Están atrapados. Es fácil predecir qué les pasa si salen al sol. Demasiado asustados para arder. Demasiado zombis para salir. Tengo que sacarlos de ahí. Pero ¿cómo salvas a alguien que quiere arrancarte la cara de un mordisco? Parece imposible.
Corro a mi taller y revuelvo todas las cajas del estante. Qué desorden. Verruga del Nether. Zanahoria dorada. Pólvora. ¡Sí! Lo meto todo en el soporte para pociones y observo cómo la mezcla burbujea, chisporrotea y se vuelve de un verde brillante y sospechoso. Huele a calcetines viejos y a esperanza. —Más vale que funcione —susurro, impaciente. Porque solo tengo ingredientes para un intento.
La cueva está más oscura de lo que recuerdo. Entro sin hacer ruido, con una botella de vidrio en cada mano, tratando de no respirar muy fuerte. Ahí están. Mis dos aldeanos zombis, agachados en el frío suelo de piedra, gruñendo bajito. Uno se apoya contra el otro. Se ven muy infelices. Levantan la vista hacia mí con esos horribles ojos vacíos. —Perdón por sus cabezas —digo. Y lanzo las dos pociones con todas mis fuerzas. ¡Pum! ¡Plaf! Cura por todas partes.
Funciona. ¡De verdad funciona! El verde se desvanece. Los gruñidos paran. Y de repente mis dos aldeanos están ahí parados, parpadeando, sonriendo y muy pero muy vivos. No pueden dejar de sonreír. Llenan la mesa de esmeraldas, zanahorias doradas y todo lo que tienen. —Vaya —digo, guardando esmeraldas en los bolsillos—. Saben… me pregunto si hay más aldeanos zombis por ahí que necesiten que los salven. Mis aldeanos dejan de sonreír.