¿Puedo volar? Nivel 57
Palabras de Práctica
Palabras agudas: acento en la última sílaba; llevan tilde cuando terminan en n, s o vocal.
Yo soy Pepe. Todos los días sueño con volar. Sueño en el desayuno. Sueño en la bañera. ¡Sueño con mucha fuerza! Pero hay un problema. Mis alas son pequeñas y mi cuerpo es grande. Aleteo y aleteo, y jamás despego del suelo. Hoy eso cambia. Agarro mi mochila y subo por el camino hasta la Academia de Vuelo. ¡Allá voy!
En el camino me lo imagino todo. ¡Piloto un avión! ¡Vuelo como una estrella por el cielo! Las cámaras me siguen a todas partes. ——¡Acá, Pepe! —dicen mis admiradores—. ¡Una foto! ¡Un autógrafo! Practico mi saludo de estrella de cine. Izquierda, derecha, izquierda. Estoy listo.
Mi primera clase no sale nada bien. Aleteo con todas mis fuerzas. Subo un poquito, me tambaleo en el aire y después… ¡plaf! Caigo de cara en la cima del cerro. Me quedo con el pico en la tierra y las patas apuntando al cielo. Atrás, cuatro pájaros se ríen tan fuerte que uno resopla.
Los cuatro vuelan en círculos sobre mi cabeza. Presumidos. —Ríndete —dice uno—. Jamás vas a volar con esas alitas. —Sí —dice otro—. Los pájaros como tú no vuelan.
Los pájaros como yo no vuelan. Esas palabras se me quedan en el pecho como una piedra. Ellos giran y planean por el cielo, y yo ni despego del suelo. Pero mi sueño no me suelta. ¿Y si están equivocados? ¿Y si los pájaros como yo volamos de otra manera? Quizás… quizás sí puedo.
Esa noche me llega una idea tan grande que tiro mi jugo. Si mis alas son muy pequeñas, ¡haré unas más grandes! Agarro cartón. Agarro cinta. Agarro un martillo, porque todo gran invento necesita un martillo. Corto. Pego. Me golpeo el dedo dos veces y digo: ¡ay!, muy fuerte. Después levanto mis alas nuevas y casi me veo volando por allá arriba.
Leo un libro sobre alas y dibujo un plan. Después construyo un par nuevo: alas más grandes, más fuertes, que se doblan justo donde deben. Me ajusto las gafas y estiro las alas. Crujen. Se flexionan. Siento que de verdad, de verdad, van a funcionar.
Corre la voz por el valle: el pájaro grandote de las alas de cartón va a saltar del cerro. Me paro en el muro de piedra con las alas bien abiertas y el viento en la bufanda. Abajo se junta una multitud. Unos agitan banderas. Otros susurran que jamás lo voy a lograr. Respiro hondo. Doblo las rodillas. Y salto.
El viento atrapa mis alas y ¡fuuush! ¡Salgo disparado hacia el cielo como un corcho de una botella! Bajo en picada. Giro. Doy vueltas como un balón. Doy tantas vueltas que se me empañan las gafas. Después lo hago otra vez con los ojos cerrados, solo porque puedo. —¡Los pájaros como yo sí vuelan! —grito, y mi voz hace eco por todo el valle.
Bajo en picada y aterrizo con un derrape, un tropezón y la sonrisa más grande de mi vida. Levanto mis tarjetas doradas de vuelo. Brillan bajo el sol. Me las gano yo solo, con mis alas y a mi manera. Resulta que los pájaros como yo sí volamos. Solo necesitamos alas más grandes. ¡Adiós, suelo!