¡Qué cosa tan apestosa! Nivel 72
Palabras de Práctica
Sílaba tónica: identificar la sílaba acentuada mediante palmadas o golpes rítmicos.
Algo apestoso se esconde en el parque. Una niña llamada Zoe olfatea el aire. Olfatea otra vez. Sigue su nariz por el sendero soleado, como una detective tras el caso más maloliente del mundo. No es un caso fácil. Es un caso apestoso. Detrás de un arbusto verde y desaliñado, dos ojitos parpadean.
De pronto sale del arbusto la criatura más apestosa que Zoe ha visto en su vida. Está cubierta de barro espeso y pegajoso de pies a cabeza. Líneas verdes de hedor suben de su cuerpo como vapor. —¡Es un cerdo! —grita Zoe—. ¡Un cerdo de verdad, de verdad! ¡En el parque! La cerdita la mira fijo con ojos grandes y gruñones. No parece nada impresionada. Pero Zoe está impresionada por las dos. Y ya le pone nombre: Zaida.
Zoe baja corriendo la colina con los brazos bien abiertos. —¡Vamos, Zaida! Y Zaida va. Galopa tras ella con la lengua afuera y una sonrisa boba que le llena media cara. Las moscas zumban alrededor como confeti diminuto y asqueroso.
Zoe encuentra un charco enorme y lo señala con el dedo. —A los cerdos les encanta el barro. ¡Anda! Zaida salta con las cuatro patas. ¡Plooof! El agua lodosa explota por todas partes, como un fuego artificial color café. Empapa el vestido nuevo de Zoe. Le empapa las botas. Empapa a una mariposa que pasa por ahí sin molestar a nadie.
Zoe trepa a un árbol grande y se sienta en una rama alta. Desde ahí mira las colinas allá abajo, como una imagen pintada. —¡Sube, Zaida! ¡Desde este árbol se ve el mundo entero! Zaida se sienta al pie del árbol. No trepa. Ni siquiera lo intenta. Solo mira hacia arriba con la cara más gruñona que Zoe ha visto jamás en un cerdo.
De vuelta en el suelo, Zoe se quita las botas y se las pone a Zaida en las patas. En las cuatro. Zaida abre la boca y suelta un sonido. No es un oinc. Es más bien una sirena de barco que se cae por la escalera. —¡Braaaup! —¡Qué hermoso, Zaida! —Zoe cierra los ojos, lanza una mano al aire y canta a todo volumen. Las mariposas se dispersan. Los pájaros se callan. Es el peor dúo de la historia, y a Zoe le encanta cada segundo.
El sol se pone anaranjado y baja hacia los techos. En cualquier momento mamá va a llamar a Zoe para entrar a la casa. Zoe mira a Zaida. Zaida mira a Zoe. Las moscas giran alrededor de su cabeza como un halo apestoso. —Te vienes a casa conmigo —dice Zoe—. Pero tenemos que ser astutas. A mamá no le va a gustar nada este olor. Zoe sube de puntillas por la entrada, empuja la puerta y se asoma adentro. Vía libre.
Caminan de puntillas por el pasillo, calladas como un ratón. Zoe contiene la respiración. Zaida contiene la respiración. Hasta las moscas contienen la respiración. Detrás de ellas, un rastro de huellas de barro y de botas se extiende por el piso como un mapa del tesoro que lleva directo a los problemas. —Ni. Un. Solo. Ruido —susurra Zoe. Zaida hace un ruido. Uno pequeñito y chapoteante. Zoe finge no oírlo.
Zoe lleva a Zaida directo a la habitación de mamá y se sienta frente al tocador. Si Zaida va a vivir en esta casa, tiene que verse linda. Zoe se pone rulos en el pelo y se unta sombra azul en las mejillas. Después agarra el labial rojo. —Quédate quieta, Zaida. Zaida no se queda quieta. Zoe le pone el labial de todos modos. Casi todo alrededor de la boca. Un poco en el piso. Zaida se sonríe en el espejo como una estrella de cine.
—¿Qué —dice mamá desde la puerta— es eso? Mamá señala a Zaida. Zaida gotea barro sobre la alfombra. Una mosca se posa en el labial. —Es mi cerdita —responde Zoe con su sonrisa más encantadora—. La encontré en el parque. ¿Puedo quedármela? ¿Por favor? La voy a cuidar por siempre y para siempre y para siempre y… —Lleva a esa cerdita a la bañera —dice mamá—. ¡Ahora mismo!
—¿Entonces puedo quedármela? —pregunta Zoe, ya corriendo al baño. —Puedes quedártela… limpia —responde mamá con las manos en la cintura—. No quiero más mugre en mi casa. Llenan la bañera con agua tibia y jabonosa. Zaida se mete. Zoe se mete detrás. Las burbujas flotan hasta el techo mientras tallan y chapotean y tallan un poco más. Capa por capa, el barro va saliendo. Y algo muy extraño empieza a pasar.
Debajo del barro no hay ningún cerdo. ¡Zaida es un pug! Una perrita pug pequeñita, de carita arrugada y muy sonriente. Zoe la mira fijo. Zaida la mira fijo. Su colita enroscada se mueve entre las burbujas. —Bueno —dice Zoe, y le frota la cabecita blandita con un cepillo rosado—. Sigues siendo lo más apestoso que he encontrado en el parque. Zaida le lame la nariz. Zoe decide que eso es un gracias. También decide que se la queda para siempre.