¿Quién mordió la guayaba? Nivel 80
Palabras de Práctica
Infografías, textos expositivos y conectores: combinación de imagen y texto; conectores de orden, contraste y ejemplo.
Quina agarra la mano de su hermano y lo jala fuera del porche. —¡Vamos, Lalo! ¡Hoy es el día de las guayabas! —dice, y señala el patio con el dedo. —¡Más despacio! —grita Lalo—. ¡Mis piernas son más cortas que las tuyas!
Todavía no llegan al árbol cuando Lalo se para en seco. —¡Quina, mira! —Señala hacia arriba, a una guayaba gorda que cuelga de una rama—. ¡Algo la mordió! Quina se asoma por detrás del tronco y abre la boca de par en par. A la guayaba más madura del árbol le falta un pedazo enorme. Tiene marcas de dientes y todo. —¿Quién mordió nuestra guayaba? —susurra Quina.
—¡A lo mejor fue eso! —grita Lalo. Señala una oruga verde y gorda que mastica una hoja en una rama baja—. ¡Mira qué hambrienta está! Quina cruza los brazos. —Lalo, la boca de esa oruga es más pequeña que un grano de arroz. Ese mordisco es enorme.
—Bueno, ¿y qué tal un hada? —Lalo sonríe—. ¡Un hada muy hambrienta, con dientes chiquitos! —Las hadas no existen, Lalo. —¡Está bien! —Lalo ve un saltamontes en una rama y lo apunta con el dedo—. ¡Ahí! ¡Fue el saltamontes! ¡Caso cerrado!
Luego Lalo ve una gallina grande que picotea el suelo y grita como si ya lo supiera todo. —¡La gallina! ¡Mira ese pico! Un picotazo, ¡pum!, ¡y queda ese hoyo gigante! Quina ya está trepada en el árbol, buscando pistas. Mira a su hermano desde arriba y sonríe. —La guayaba está muy alta, Lalo. ¿Esa gallina puede volar hasta acá arriba?
El cielo se pone naranja y rosa, y todavía no hay respuestas. Lalo se mueve nervioso. —Mejor vamos a casa —dice—. Podemos comprar guayabas en la tienda. Pero Quina abre los ojos como platos. Gira de golpe con los puños en alto. —¡Espera! ¿Y si el mordedor de guayabas solo sale de noche?
Quina está parada en la puerta con una cobija bajo el brazo y una cara muy seria. —Acampamos junto al árbol —dice—. Primero vigilamos. Después esperamos. Finalmente atrapamos al mordedor. Lalo se sienta afuera con los brazos cruzados y bosteza.
De noche, el patio se ve completamente distinto. Quina pasea su linterna por el tronco. Lalo camina tan pegado a ella que le pisa los pies a cada rato. —¿Y si las hadas sí existen —susurra Lalo— y solo salen de noche? —¡Las hadas no existen! —dice Quina. Una rama cruje con el viento y los dos pegan un brinco.
Ya en la tienda de campaña, Quina pega la cara a la abertura y mira hacia la oscuridad. —Va a venir —susurra—. Yo lo sé. —Yo sé que quiero dormir —susurra Lalo, apretando su linterna con las dos manos. Entonces oyen algo. ¡Flap! ¡Flap! ¡Flap! Algo está ahí afuera. Algo con alas. Quina agarra el brazo de Lalo.
Sacan la cabeza de la tienda de campaña y miran hacia arriba. Ahí, colgado de cabeza en una rama, hay un murciélago oscuro con las alas anchas abiertas entre las hojas. ¡Y está mordiendo otra guayaba en ese mismo momento! El jugo chorrea por todas partes. —¡Se está comiendo otra! —dice Lalo—. ¡Justo enfrente de nosotros!
—Es pequeño —susurra Lalo, mirando hacia arriba—. Tiene alas. Y ojos grandes y redondos. Quina lo señala, orgullosa, con una sonrisa enorme. —Solo hay un animal así. ¡Es un murciélago!
Allá arriba, en el árbol, Batú cuelga de cabeza con la panza redonda y llena como una pelota. Le parpadea a la luna con sus ojos grandes, feliz. Ni una oruga. Ni un saltamontes. Ni una gallina. Ni un hada. Solo un murciélago muy hambriento que piensa que las guayabas son deliciosas. Y la verdad, tiene muy buen gusto. Allá abajo, la casa brilla bajo la luna. Adentro, dos detectives cansados duermen profundamente, soñando con su próximo misterio.