¡Yo no limpio! Nivel 71
Palabras de Práctica
Pronombres personales: yo, tú, él/ella, nosotros, ustedes, ellos/ellas.
Esquel ama su casa de ladrillos más que nada en el mundo. Cada mañana pule el piso, sacude el polvo y alinea sus libros bien derechos. —Una casa limpia es una casa feliz —dice Esquel. Zomi cruza los brazos y gruñe.
Joaquín es todavía peor. Esquel le pasa un trapeador. Joaquín lo deja caer. Esquel le pasa un paño. Joaquín también lo deja caer. Luego alza las grandes manos anaranjadas, se encoge de hombros y sonríe, como si eso fuera muy ingenioso. —Limpiar no es lo mío —anuncia Joaquín.
Esquel mira la encimera pegajosa. Mira las huellas de barro. Mira el montón de migas sobre la alfombra, donde Joaquín come tostadas. Otra vez. Aprieta su escoba tan fuerte que sus nudillos quedan más blancos que su calavera. —Está bien —dice—. ¿Ustedes dos no quieren limpiar? Pues yo ya no limpio para ustedes. Buena suerte.
Zomi y Joaquín ven a Esquel salir por la puerta. Se miran el uno al otro. Miran el patio soleado. —¡Ya no hay que barrer! —dice Joaquín. —¡Ya no hay que fregar! —dice Zomi.
El primer día, un calcetín se queda pegado al piso. No es para tanto. El segundo día, algo en la cocina huele mal. Zomi lo olfatea y se encoge de hombros. Para el tercer día, la mugre es tan espesa que se pueden dejar huellas en ella. Zomi mira la suciedad alrededor de sus zapatos y sonríe. —¡Todavía está bien!
No está bien. El piso pegajoso se vuelve más pegajoso. Luego se vuelve... crujiente. Formas pequeñas y extrañas corretean entre las sombras. Patitas diminutas suenan sobre las tablas en la oscuridad. Pececillos de plata. Muchísimos. Se escurren por la mugre como por un camino.
A Zomi le suena el estómago. Estira la mano hacia la última rebanada de pastel sobre la encimera. Bzzzzzz. Moscas. Una nube espesa de moscas, justo entre Zomi y su almuerzo. Estira la mano otra vez. Las moscas se juntan más. Salta. Las moscas llegan primero.
Joaquín por fin recoge el montón de ropa que lleva tres días en el piso. Algo se mueve debajo. Algo oscuro. Algo con patas. Muchísimas patas. Las arañas brotan de una grieta en la pared como un río negro y peludo. Joaquín trastabilla hacia atrás y agita los brazos. —No. No. No. No.
Las mascotas hacen todo lo posible. Saltan. Persiguen. Atrapan. Pero por cada bicho que atrapan, aparecen diez más. Pececillos de plata en los estantes. Moscas en la comida. Arañas en los calcetines. Y una criatura enorme de color rosa brillante está sentada en medio del piso, como si la casa fuera de ella. Zomi y Joaquín se miran. —Nosotros necesitamos a Esquel.
Esquel está parado en el umbral, con el arco al hombro y la sonrisa más grande de toda su vida. —Así que la suciedad está bien, ¿no? —dice despacio. Zomi se mira los zapatos. Joaquín mira el techo. —Yo ayudo —dice Esquel—. Pero de ahora en adelante limpiamos todos. ¿Trato? —¡Trato! —dicen Zomi y Joaquín. Esquel les pasa un trapeador y un paño. Y esta vez, nadie deja caer nada.