¡Yo soy el más grandioso! Nivel 72
Palabras de Práctica
Sílaba tónica: identificar la sílaba acentuada mediante palmadas o golpes rítmicos.
¡GRRR! Un tiranosaurio tremendo y terrible sale rugiendo de la selva. —Yo —anuncia— soy el dinosaurio más grandioso que existe. Detrás de él, muchos dinosaurios asoman la cabeza entre los helechos. Parpadean. Lo miran fijo. Nadie parece muy impresionado.
—Miren esto —dice el tiranosaurio—. Los dinosaurios venimos en todos los tamaños. Pequeñitos, no más grandes que tu gato. Medianos. Grandes. Y luego… —Mira hacia arriba. Y más arriba. Y más arriba aún, hacia los gigantes de cuello largo que se alzan sobre todo lo demás. Al final de la fila hay un humano diminuto, chiquito como una hormiga. —Bueno —dice el tiranosaurio en voz baja—. El tamaño no lo es todo.
Una manada de cinco cazadores pequeños cruza la arena a toda velocidad. Corren juntos, en perfecto orden, como un solo animal. —Presumidos —masculla el tiranosaurio—. Cazar en manada. Qué vergüenza. Un dinosaurio de verdad caza solo. Los cazadores ni lo miran. Tienen trabajo que hacer.
El tiranosaurio abre la boca bien grande. Muy grande. Muy, muy grande. —¿Ven estos dientes? Filas y filas. Afilados como cuchillos. Hechos para desgarrar. Hechos para despedazar. Hechos para arruinarle la tarde a cualquiera. Camina por el polvo caliente, sonriendo. —Los científicos saben qué come un dinosaurio con solo mirar sus dientes. Es fácil. Miren los míos, y ya saben qué hay de cena.
Dos dinosaurios de cuello largo pasean por la llanura, tranquilos bajo el sol de la tarde. —Una pregunta rápida —dice uno—. ¿De qué color somos? El tiranosaurio abre la boca. La cierra. La vuelve a abrir. —Nadie lo sabe —responde—. La piel se pudre antes de volverse fósil. Los científicos nunca han encontrado el color real de un dinosaurio. Es una pregunta difícil. —Hace una pausa—. Pero apuesto a que yo soy rojo. Sin duda, rojo.
Un dinosaurio liso y escamoso está cerca, con cara de sorpresa. El tiranosaurio lo señala. —¿Ven? Un dinosaurio clásico. Duro. Escamoso. Magnífico. Pero hay algo que nadie le dice al tiranosaurio. Muchos dinosaurios, incluido él, en realidad tienen plumas. Y con el tiempo, algunos dinosaurios con plumas se hacen cada vez más pequeños, hasta que aprenden a volar. Se convierten en aves. Ese es el origen de las aves. —Espera —dice el tiranosaurio despacio—. ¿Me estás diciendo que soy pariente de una gallina?
Un gigante bondadoso mira hacia abajo, hacia dos bebés escondidos entre las plantas. Los pequeños lo observan con ojos enormes y sonrisas diminutas. El tiranosaurio mira desde lejos. No dice nada durante un largo rato. —Está bien —susurra—. Eso es adorable. Hasta yo puedo admitir que eso es adorable.
Un dinosaurio joven avanza entre los helechos sobre sus patas traseras, con la cola estirada para no perder el equilibrio y los bracitos hacia adelante. —Nada mal —dice el tiranosaurio—. Los científicos estudian los huesos y las huellas para saber cómo nos movemos. Cada hueso es una pista. Cada huella cuenta una historia. Observa al pequeño pasar trotando. —Claro que mis huellas son mucho más impresionantes.
Un dinosaurio grande está parado cerca, tranquilo y astuto. Pero fíjate bien en la imagen. Esas garras delanteras son para agarrar. —Puede caminar en cuatro patas o levantarse y atrapar cosas con esas manos —dice el tiranosaurio—. Comida de las ramas altas. Un zarpazo a un enemigo. Muy práctico. Entonces el tiranosaurio mira sus propios bracitos diminutos. Mira las garras grandes y útiles del otro dinosaurio. Y cambia de tema.
—Muy bien. Hablemos de los brazos. —El tiranosaurio se para bien derecho. En sus garras sujeta con fuerza a un pequeño dinosaurio que se retuerce. —Todos se ríen de estos brazos. Diminutos, dicen. Ridículos, dicen. Pero los científicos descubren algo: estos brazos son fuertes. Lo bastante fuertes para sujetar a una presa. Lo bastante fuertes para levantarme del suelo. Pequeño no significa inútil. Flexiona los brazos. —¿Quién se ríe ahora?
Tres dinosaurios de cuello largo están juntos sobre las rocas. Sonríen como si guardaran un secreto. —¿Qué? —dice el tiranosaurio. Ellos solo sonríen—. ¿Qué? —Cada fósil nuevo cambia la historia —dice el más grande—. Las viejas ideas se caen. Los científicos todavía nos están descubriendo. Ni siquiera tú lo sabes todo sobre ti mismo. —El tiranosaurio abre la boca para discutir. Luego la cierra. La verdad es que tienen razón.
El tiranosaurio está parado entre los árboles antiguos, con la cálida luz del sol en su lomo. Respira hondo. —No lo sé todo —dice—. Creía que sí. Pero hay fósiles todavía enterrados, secretos todavía ocultos, preguntas que nadie ha pensado hacer. Te mira directo a ti, como si fueras su público. —Así que sigue excavando. Sigue preguntando. Y, hagas lo que hagas, nunca, jamás dejes de rugir. ¡GRRR!